hacemos?», ella me respondía «Todavía nos va bien», siendo la verdad que estaba mendigando comida a los vecinos. Y claro, mis hijos, suficiente tienen con lo suyo: uno de ellos no puede casar más que a la mitad de sus hijos y el otro lleva al nieto, que está enfermo, de hospital en hospital. Vamos, que no podemos pedirles nada. Se supone que soy yo quien tiene que ayudarles. A los diez días le dije a mi mujer que tenía que trabajar. Ella insistía gritándome que si salía, la mataría del disgusto. La verdad es que no tenía fuerzas ni para pisar la calle. Pero pensé que tenía que hacerlo, así que le conté una mentira piadosa: que iba a bajar al café a que me diera el aire porque estaba harto. Salí, arranqué el coche y me dije: «Dios proveerá». Conduje hasta el parque de El Orman y vi un Peugeot 504 estropeado cuyo taxista me estaba haciendo señas. Me detuve, se me acercó y me dijo: «Tengo a uno que va al aeropuerto. ¿Lo llevas tú? Es que se me ha estropeado el coche». ¿Se da cuenta de la sabiduría de Dios? ¡Tenía un 504 nuevecito y va y se queda tirado! Le contesté que sí, que lo llevaba. El cliente se subió a mi taxi. Era de Omán, de donde el Sultán Qabus [4] . Me preguntó cuánto le iba a llevar y le dije que lo que me diera. Se aseguró, «Es decir, va a coger